Me consta, por experiencia propia y ajena, que algo se movió en los sesenta en torno al ocio. Las piedras se lanzaron en París, en Liverpool, en California, ... y sus ondas expansivas llegaron debilitadas a Madrid y casi muertas a La Rioja. El mayo del 68, la música de los Beatles, la moda hippie dejaron influencias novedosas para el tiempo libre, no cabe duda, aunque no tantas como en su día fantaseamos y muchas menos de las que aún hoy fabulamos.
Se movió en primer lugar la filosofía general. De la visión quietista del mismo, o del ocio como descanso para reponer energías entregadas al trabajo, se fue lenta, pero sin pausa, cambiando el paso hacia el ocio activo, en algunos casos, tan agotador, como su opuesto. Esta es la gran revolución del recreo de los sesenta que ha llegado hasta nuestros días.
En esta época cada cual -mandatarios, promotores y espectadores- buscaron las vueltas al ocio, en principio como les dejaron, y más tarde como pudieron. Así las instituciones oficiales del franquismo, creyeron haber hecho "un gran invento" asociando el ocio al turismo, y por ello inundaron las páginas de 'Nueva Rioja' de autoridades inaugurando infraestructuras turísticas, pero cuando se pusieron a hacer balance se toparon con la cruda realidad. En 1965 la Delegación Provincial de Logroño del Ministerio de Información y Turismo allega, en una estadística, 391 establecimientos de ambos ramos. Pocos, que aún son más minorados si buscamos el perfil cualitativo. En Información sólo tres (dos emisoras de radio y un periódico diario) merecen el calificativo, el centenar restante son espacios (imprentas, librerías,...) remansados en los siglos. Los servicios para el Turismo se componen de 79 casas de huéspedes, 86 restaurantes de escasa calificación y calidad, a los que se sumaban 76 cines. El resto, hasta 296, poco más de medio centenar, son las pequeñas excepciones, aunque sin tampoco exagerar.
Cinco años después, al cerrarse la década -1970-, los datos del mismo organismo se han abultado. Las industrias del Información y Turismo en toda la provincia son ahora 1.650. El total se hinchaba con 700 cafés y bares, 315 antenas colectivas y 58 Centros Culturales. Los demás establecimientos,
mutatis mutandis, seguían como a mediados de la década con tres excepciones en plena euforia: distribuidoras de discos (50), Salas de Fiesta (20) y librerías de viejo (35).
Las ofertas recreativas de los promotores de los sesenta, por otra parte, eran las mismas de las décadas pasadas: mucho cine, bastante baile, algo de teatro, pelota y variettés, y por San Mateo los Toros -con mayúscula-, y en las actividades de temporada fútbol, novilladas y a correr en bicicleta. Sólo "los inquietos" intentaron superar estas carencias de novedad, y para ello aprovecharon esos restos excepcionales recogidos en las estadísticas ministeriales. Y es que el ocio excepcional se nos antojó liberador de sujetos y productivo.
De Casa Erviti como único local distribuidor de música se pasó a 16 locales de ventas de discos en 1965 y hasta cincuenta 'distribuidoras' en 1970; y del consumidor pasivo del cine dominguero, se inició, con muchísimo cuidado y recelo, el espectador activo integrado en los tres Cines Clubs de la provincia: dos en Logroño y uno en Haro (sólo uno en Logroño en 1970). Y en las tardes-noche de los "días de guardar", con el pelo recién lavado y cinco horas de rulos y con gomina en la versión varonil, a la Sala de Fiestas. Poca cosa, pero es que el ambiente provinciano no daba para mucho más, escriban o digan lo que digan algunos.
Es verdad que estas experiencias supusieron acumular algunos
discos de vinilo, por si acaso, para los guateques y la ‘revolution’; oír renegar a los oficiales barberos por las greñas de los cuatro barbudos y melenudos existentes; y sobre todo enredarnos en discusiones bizantinas sobre
El manantial de la doncella, Fresas salvajes o
El Séptimo Sello. Hasta aquí llegó la revolución del ocio y de la política, salvo excepciones, que las hubo, pues no faltaba más, aunque también terminaron desencantados o intentando reconstruir algún pueblo abandonado. Séase, Peroblasco, por ejemplo.