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Baldomero Espartero
Monumento a Espartero en Logroño
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Alfonso XII visita a Espartero

Al mes justo de publicarse en la Gaceta las conocidas palabras del Presidente del Ministerio-Regencia, Antonio Cánovas del Castillo, en las que se decía que había sido "proclamado por la Nación y por el Ejército el Rey D. Alfonso de Borbón y Borbón", se sabía que éste vendría de visita a nuestra ciudad. Evidentemente sólo para cumplimentar, como lo hiciera el Rey Amadeo, a la persona del ahora denominado "veterano" General Espartero.

1. Información Actas Ayuntamiento
Alfonso XII. Real Academia de Bellas Artes
El documento local de la visita es, además de escueto, un mal plagio del Acta de recepción de D. Amadeo I, y no nos aporta más que datos periféricos de su estancia. Que, en efecto, el nuevo Rey llegaba a la Estación del Ferrocarril de Logroño el día 9 de febrero a las tres y media de la tarde, para pasar el resto del día y pernoctar. Que entraba en la jurisdicción de nuestra población con tres horas y media de retraso por la línea de Tudela a nuestra ciudad, "después de haber revistado las tropas del Norte y de asistir personalmente a las peligrosas operaciones de salvar a Pamplona, asediada hacía mucho tiempo por las fuerzas rebeldes del Pretendiente". Que el Rey, sin "tomar ningún género de descanso se dirigió a la humilde pero servera morada del Señor Príncipe de Vergara, que por encontrarse enfermo no salió a recibirle". Y que con él estuvo durante una hora, limitándose el resto de la tarde a visitar los Hospitales Militares y a compartir la cena con las autoridades de todo género.

2. Información "Gaceta de Madrid"
Menos mal que la Gaceta de Madrid dio cuenta minuciosa de todos y cada uno de los pasos del Rey en su viaje. El 8 estuvo en Logroño el Ministro de Marina hablando con Espartero para preparar la visita, y el día 9 efectivamente el Rey está en Logroño y en la Casa del "veterano General", como lo muestran los cuatro "despachos telegráficos" enviados a Madrid desde aquí, partiendo a las nueve y media de la mañana del día siguiente.

Pero los escuetos telegramas podían pasar desapercibidos y Cánovas, Presidente del Consejo de Ministros, no quiso "privar a la Nación de los detalles interesantísimos" que contenía la carta confidencial que el Marqués de Molins, Ministro de Marina, le había dirigido desde Burgos el día 10 de febrero en relación con la entrevista. "Bien puede llenar esta carta una hermosa página en la historia de España". Y aunque no se completó toda una página, la Gaceta de Madrid, la publicó cubriendo casi dos de las tres columnas de una de éllas.

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2. "Gaceta de Madrid": continuación
Al testigo presencial le "salió" una Carta en exceso emotiva, en la que confirmaba el retraso de la llegada del Rey a Logroño y las prisas de éste por excusarse de su tardanza para ofrecer el saludo al anciano y convalenciente General. El Rey "con natural y juvenil impaciencia, -relata el confidente de Cánovas-, entró solo en una sala del piso principal" donde Espartero "abrigado de su gabán y de su gorro griego ... y junto a la chimenea" esperaba impaciente la visita. El séquito subió después, y encontraron al Rey "estrechándole cariñosamente una y otra mano". Después se lisonjearon mutuamente. Espartero alabó la valentía del joven Rey, y éste recordó las "glorias pasadas" del General. Pero era necesario configurar algún símbolo, y el Ministro informó al Rey de que su homónino de Guerra, Jovellar, acababa de concederle la Gran Cruz de San Fernando. Espartero "campechano" aprobó la decisión y pidió que buscaran entre sus cruces la citada para prendérsela en la solapa. A Cánovas se le informó que Espartero había pronunciado el siguiente discurso:
"Señor, pues que habéis sido el primero de nuestros Monarcas que en España, desde Felipe V, se ha presentado al Ejército español en función de guerra, exponiéndose al plomo de los sectarios del absolutismo, bien puede V.M. llevar la Cruz de San Fernando, símbolo de valor y fortaleza, con título legítimo. Concededme, Señor, la alta honra de decorar vuestro pecho con la banda que ha llevado este veterano en cien combates, ganada derramando su sangre por la integridad de la Patria, por su independencia, por vuestros antepasados, y por las libertades públicas. Quiera Dios, y sí querrá, que cuando bajo ella sienta V.M. latir su corazón, recuerde que el Rey Constitucional, a más de valeroso a de ser justo y fiel custodio de las libertades públicas, con lo que asegurará la felicidad del pueblo y logrará captarse su amor, firmísima prenda, única hoy bajo el cielo de la estabilidad de los Tronos".

Y termina así la carta: "Digan ellos, diga España, lo que significa y lo que importa para su porvenir el abrazo del más anciano y cualificado caudillo de nuestra libertad, y del más joven y animoso depositario de la Monarquía legítima".

Sólo un año después se volvía a repetir la ceremonia. Eran las tres menos cuarto del 6 de marzo de 1876 cuando Alfonso XII entraba en Logroño a caballo por "el puente de piedra", procedente de la ciudad de Estella. También llegaba tarde, y también le urgía, quizás ahora mucho más que antes, acercarse a la Casa-Palacio del Príncipe de Vergara. Pero en esta ocasión, después de cantado el consuetudinario Te Deum en la Insigne Colegial de Santa María de la Redonda de nuestra ciudad, fue a la morada de Espartero por otras razones. Se necesitaba trasmitir rápidamente un "testigo": el de ser el nuevo "Pacificador de España". Se acababa de cerrar la Segunda Guerra Carlista y el Rey había presidido sus actos, al igual que Espartero lo hiciera con la Primera. Bien merecía Alfonso XII el mismo título, como se encargaron de poner de manifiesto "las cartelas de arcos y gallardetes" y "los artículos y versos de la prensa del día".

Aún pasaría el Rey otra vez por nuestra ciudad antes de morir Espartero el 21 de octubre de 1878. Pero en esta ocasión no hubo fiestas, ni agasajos. Todo fue luto riguroso y recogimiento, porque el Príncipe de Vergara y el Rey Alfonso XII compartían el mismo destino y padecimiento: la muerte de sus respectivas esposas. El final de la primavera había sido en este sentido excesivamente nefasto. En él habían desaparecido, la "amada reina" María de las Mercedes y la "querida chiquita" Jacinta Martínez de Sicilia y Santa