La II República en Logroño
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Eduardo Barriobero (1875-1939)
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LIBRO LA RIOJA CONTEMPORÁNEA
PVP. 14,99 €

Eduardo Barriobero y Herrán en 1911

Nacido en Torrecilla en Cameros (La Rioja) en el año 1875, hizo sus estudios de bachillerato en el Instituto Provincial de Logroño, la carrera de Derecho en Zaragaza, y terminó ejerciendo la abogacía, como destacado penalista, en Madrid. Muere asesinado en Barcelona en 1939 en la Guerra Civil

De origen acomodado, su activa participación en la defensa del obrerismo anarcosindicalista terminó conduciéndole a la política militando dentro del republicanismo federal, llegando en varias ocasiones a las Cortes como Diputado (1914 por Madrid; 1918 por Valverde del Camino (Huelva); 1919 por el mismo Distrito anterior), además de en las Constituyentes de la IIª República (junio 1931) por Oviedo (Asturias).

Pero además de por su intensa vida profesional y política, Barriobero, destaca por su ingente producción literaria, tanto en publicaciones de su especialidad, como en obras de creación. La visión "radical" de sus enfoques y temas le sitúa en la vanguardia de la literatura de los años de la "Edad de Plata" de la cultura española, pese a ser uno de los "grandes olvidados".

"Un nombre y un libro. Eduardo Barriobero y su última novela"
[La Rioja - 1927]

[Hombre polifacético]

Eduardo Barriobero es una de las figuras más sugestivas de la generación novecentista. Su vida pintoresca, intensa y compleja, ofrece una auténtica singularidad. Se mezclan en él el hombre de acción y el erudito, el peleador de la barricada y el cabeza de motín con el jurista y el humanista. Es novelista, periodista, orador y comediógrafo.

[El abogado]

Como abogado es un Moro Giaferi, que no ha llegado ni llegará, a ministro, y un Herri Torres, sin suegro millonario. Defendió al "Chato de Cuqueta", a Enriqueta Martí, la secuestradora de Barcelona, a Sancho Alegre, el que atentó contra el rey en la calle de Alcalá; a María de los Angeles Mancisidor, la supuesta envenenadora de su marido.

Barriobero - 1908Últimamente, como Herri Torres en Francia, ha patrocinada ante los Tribunales, sin ser anarquista ni sindicalista -como tampoco lo es Herri Torres- a numerosos sindicalistas complicados en atracos, asaltos o delitos de los llamados sociales. Abogó, casi siempre con éxito, en pro de la inocencia de los acusados del asesinato del gerente de Altos Hornos, de uno de los presuntos asesinos del cardenal Soldevilla, de Aurelio el Jerez, reputado como uno de los asaltantes de la Sucursal del Banco de España en Gijón, logrando que el Tribunal de Derecho absolviera al procesado, con todos los pronunciamientos favorables.

[Propagandista]

Pero antes de defender a nadie, Barriobero tuvo que empezar por defenderse a sí mismo en ocho, diez, doce, quince procesos. En aquella época tormentosa de comienzos de siglo, en que cada día había un motín de verduleras, que se sublevaban contra los asentadores; de repatriados que, con el rostro ictérico y el cuerpo esquelético envuelto en el traje de rayadillo, pedían al Gobierno que les pagara sus pluses de campaña; de obreros sin trabajo o con mucho trabajo y poco jornal, aparecía siempre al frente de las Euménides desgreñadas o de los "sans-cullotes" paupérrimos, la alta silueta melenuda y enlevitada de Barriobero que se encaramaba sobre un farol o sobre un andamio y exhortaba a la muchedumbre a tomar por asalto el Ministerio de la Gobernación. Era una época en que todavía se creía en la eficacia de las algaradas esporádicas y en la acción de los francos-tiradores de mitin para promover una revolución.

Barriobero, era, pues, eso tan desacreditado y, sobre todo, tan falto de finura que se llamaba un propagadista o un agitador.

[Hombre cultísimo]

Pero un propagandista que leía a Licurgo y a Aristófanes en su lengua original, que expurgaba de palabrotas y de tópicos sus arengas a la plebe, y que simultaneaba su actividad mitinesca y motinesca con el cultivo de la literatura modernista. Cuando no se movía entre comadres indignadas contra los guardias recaudadores de arbitrios o entre huelguistas famélicos y exasperados, Barriobero frecuentaba las tertulias, la trastienda de la librería de Gregorio Pueyo -el Lemerre de los modernistas- y los figones en que llantaban a turno impar los bohemios que escribían versos influidos por Rubén y Verlaine, novelas con resabios de Murger o Zola y crónicas en estilo arcaico en "El Liberal" de Alfredo Vicenti.

Barriobero - 1922


Una vida
en imágenes

["Novelas documentales"]

Esta diversidad de ambientes originó las primeras novelas de Barriobero -"novelas documentarias" las llama- que le otorgaron un puesto señalado entre los epígonos modernistas -los Machado, Villaespesa, Répide, Carrére, López de Haro, ...-, que ya comenzaban a alternar literariamente con los altivos alcotanes de la generación del 98.

Portada de novelaEl incremento de las Sociedades de Resistencia y las intervenciones de la Guardia Civil acabaron con las algaradas callejeras y Barriobero, hombre de poderosa capacidad de trabajo, pudo desarrollar con más holgura su triple labor de abogado, escritor y político. Publicó cada año un libro, y a veces dos -novelas, ensayos, traducciones de Suetonio y de Rabelais-, pronunció informes en todas las Audiencias de España y sostuvo interesantes debates en el Congreso. Pero injustamente, lo pintoresco de su vida obscurece en Barriobero al hombre de letras. Las novelas de Barriobero son, todas, de una absoluta originalidad. Su fina observación ejercitada a lo largo de una vida tan intensa como la suya, engendra tipos deliciosos, que hablan en un lenguaje pleno de realidad y de comicidad, y alumbra dramas escondidos a la mirada de los que no conocen "de visu", como Barriobero, los recovecos de tantos ambientes. Apenas hay novelista que al describir o hacer hablar a un personaje no recurra, ganado por la pereza mental, a lo convencional y artificioso. Los costumbristas caen todos, más o menos, en el vicio de los saineteros, que han inventado un léxico para las criaturas de su imaginación. Barriobero, no. Sabe extraer lo específico de cada personaje y de cada lugar. Sorprende con sus insospechadas observaciones que definen ingeniosa y certeramente de un sólo trazo tipos y situaciones. El lector no advierte en ningún momento la mano del autor, camina por entre los episodios de la novela, con el interés vivísimo del que presencia un hecho real, a cuyos actores conoce y ve moverse y reaccionar.

["Nuestra Señora de la fatalidad"]

La última novela de Barriobero, "Nuestra Señora de la Fatalidad", es, en este aspecto, una de sus mejores obras. El argumento descansa sobre un hecho real: el drama sombrío de un dependiente de ultramarinos que, cegado por la ira, asesina, a hachazos y puñaladas, mientras duermen, a su principal y al compañero suyo. La vida, no la imaginación del escritor, complica el hecho inicial en términos que conducen derechamente al melodrama con escenas granguiñolescas. Desfilan por las páginas de la novela la sórdida existencia de los dependientes de ultramarinos de hace veinticinco años, la vida carcelaria, el despacho de un abogado criminalista, las angustias de dos triste mujeres de la mesocracia, la brutaliadad y la mezquindad rurales, la picardía y la sensibilidad de las comadres del Madrid barriobajero, timadores de alto bordo y ladrones de baja estofa...

Si Barriobero fuera sólo un "as" de la oratoria forense, no hubiese podido escribir "Nuestra Señora de la Fatalidad". Ha necesitado residir largas temporadas en la cárcel para asimilarse la jerga de "quncenos" y presos de condena, poder describir las costumbres del hampa y conocer sus tretas y sus debiliades. Le ha sido preciso codearse en los Círculos y Comités de barrio con los "pinocentauros" llegados a Madrid a depender, y que acaban enriqueciéndose y manumetiéndose, después de largos años de dolorosa esclavitud. Aunque no lleva ya el subtítulo de "novela documentaria" "Nuestra Señora de la Fatalidad" lo es plenamente. Será, por lo folletinesco de su intriga, una de las novelas de Barriobero que más se venda; por su contenido doctrinal, apasionará a abogados y escritores; por su estilo garboso y por su humorismo acedo y sutil, complacerá a los ecritors más descontetadizos. A. de G."

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