Era nombre de mujer.
A Luisa Marín, "operaria de la Tabacalera"

Congreso de Tabaqueras en 1926 - Madrid

Allanaron la conserjería, la sala de linotipias y rotativa. Todo lo que se puso a su paso o a su marcha militar. En la redacción relucieron correajes y pistolas, muchas pistolas, y entre gritos, empujones y desplantes facciosos, volaron los manguitos de un cajista, varios papeles de notas y hasta la visera de D. Felipe. Plantearon la cuestión como un dilema: o con ella o contra nosotros. Y trajo cola. ¡Vaya que si trajo cola!

- ¡Traidores!, proclamaron.
- Encubridores de rebeldes, sentenciaron.
- Vendedores de patrias y Españas, fue el eco más reiterado.
-
- No me vengan con excusas, que nos conocemos, sentenció Bellod desde la ausencia y por voces interpuestas.

En otras fechas simplemente les hubieran calificado de ineptos, de necios, de incompetentes- de seguro. De chapuceros o tergiversadores, tal vez, como les habían acusado de continuo desde hacia muchos meses. Pero el día 21 de julio de 1936, a esas horas de la mañana, el lenguaje fue de otro calibre. Muy serio, y sobre todo impositivo y peligroso. Asunto de Bando de Guerra. Las palabras fueron muy gruesas, tanto que a punto estuvieron de convertirse en acciones trágicas, en finiquitos. Este día por la mañana, al mediodía y por la tarde; al anochecer y en plena noche, las palabras, las voces, los sonidos inhumanos articulados, excluían los viáticos, y llevaban al paredón o a la cuneta. Sin más. A las malas. A las duras y a las duras, sin contemplaciones. Dialéctica de puños y de pistolas. Teoría ideológica y política totalitaria y fascista. Sin otras matizaciones o  calificativos.

Era verdad y estaba documentado. En su historia pocas veces habían perdido o dejado caer una galerada de la teja. Y era muy difícil encontrarlas ordenadas a lo loco o enmarcadas patas arriba. Con los errores tipográficos habían tenido sumo cuidado en su ya dilatada vida de casi cincuenta años. Ni tampoco fueron demasiados los desarreglos formales o gramaticales, ni los de ningún otro tipo. Se escudaban afirmando que manejaban muy bien el tipógrafo, el diccionario y la gramática. Daban por supuesto que contaban con afilados correctores. Se les había valorado siempre por eso, por su pulcritud y exactitud, entre otras cosas. De ahí que hubieran alcanzado fama y sobre todo difusión en la ciudad y en la provincia. Lo habían conquistado con su trabajo y esfuerzo. Añadían, y nuestro profesionalismo. “Somos periodistas en exclusiva”.

Pero de golpe, o por “el golpe”, parece que habían perdido estas señas de identidad. Del domingo al martes. Del 19 al 21 de julio de 1936. En un sólo día, ya que el lunes 20 había sido de descanso semanal. Es posible que ella, La Rioja, y sus redactores y empleados, también se hubieran infectado de locuras. Y según les acusaban cometieron un error de traición, de encubrimiento de rebeldes, de enmascaramiento de rojos y de masones. El error pudo terminar en horror. Por menos habían masacrado a seres humanos en esas veinticuatro horas del lunes más largo, tenebroso y trágico de la provincia de Logroño. Aquel 20 de julio de 1936.

En Radio Rioja E.A.J. 18 – Logroño las cosas habían resultado mucho más fáciles. No hubo errores, ni dilemas, ni gritos en la noche del 20 de julio de 1936. Sí allanamientos y también pistolas. Y además nucas, hasta nueve. Pero estuvo bien programado. Al detalle y con premeditación y alevosía. No improvisaron. Las ondas en la oscuridad se llenaron de susurros, medias voces, ruegos y mensajes entrecortados. Y terror, mucho terror. Los destinatarios nunca quisieron oírlo. Es posible que ni pudieran escucharlo, porque aún no tenían “arradios”. Pero daba lo mismo. Lo importante era el efecto, el mensaje de terror. Sabían que sólo iban a escucharlo sus amigos los facciosos y los “antirrevolucionarios” y tenían que darles ánimos. Demostrar que ahora eran ellos los que mandaban. Ellos solitos. Acompañados, eso sí, de pistolas y de uniformes.
Había sido una tarde de redada, de caza al hombre sin concesiones de género. Pensaron en una docena de voces, por relacionar la operación con eso de “echarle güevos”. Pero el destino eliminó a dos de los nominados. Uno  a tiros y otro por casualidad viajera. Y el tercero se les fugó disfrazado de cruzado. Y aquella noche los micrófonos de la emisora tuvieron nueve locutores improvisados, o tal vez no. Todos ex. Tres ex concejales y seis ex ciudadanas/os. El programa fue selectivo simplemente en cuanto al fin del mensaje. Les traía sin cuidado la dicción, la dialéctica, la fluidez del lenguaje. Sólo buscaban que la ciudad no se parara el día 21, martes, como si no hubiera pasado nada. Como si el horror y el terror practicado hubiera sido algo normal. “El pan de ellos de cada día”.

D. Emilio, el de Logroño, el apellidado Bellod, dio la consigna o la orden. A por los más conocidos, los “peces gordos”, los señalados como líderes de masones, rojos y sindicalistas, la escoria de la sociedad,… los antiEspaña, coooño. Detenedlos y hacia la radio. Que derrochen esta noche vehemencia en las ondas y prediquen unos minutos como hace poco más de cinco meses lo practicaron fervientemente en sus mítines y en sus proclamas. Que exciten a los obreros, a sus camaradas y compañeros, -como dicen-, a acudir a trabajar mañana martes, 21 de julio de 1936, “tercer día del primer Año Triunfal”. Que ellos sabrán, si no les convencen. Que se atengan a las consecuencias. Nosotros los tenemos detenidos. Y con introducción musical de misereres profanizados, entrecortados y musitando, en algunos casos, los nueve cumplieron todos los pasos de los que… Recitaron o leyeron el guión, con las manos temblorosas y la congoja en el espíritu. Fue un reality show sin tapujos.

         -“Logroñeses: soy Segundo Royo, vuestro ex concejal, os pido que no es dejéis aconsejar mal, que mañana es un día laborable, de trabajo, no hay ninguna razón para no ir a la fábrica, a la oficina, a la huerta, al taller, a vuestros puestos de trabajo. Es un día cualquiera de la semana. Por favor, hacedme caso, que me tienen detenido y me dicen que como me falléis yo pagaré las consecuencias. Os pido otra vez que mañana no dejéis de ir a trabajar, que no hay motivo”.

         El micrófono pasó de unas manos hacia otras. Ocho más. El contenido fue el mismo o muy similar. Sólo cambió el encabezamiento, los nombres propios y los destinatarios del mensaje.
         ¡Tabaqueros y cigarreras, leían Luisa Marín y Ángela Barreras, mañana a la Fábrica de Tabacos! Alfonso Agudo y Juan Achirica pedían a los dependientes que no dejaran de ir a las tiendas y a los comercios como el resto de los días. Y lo mismo hacían los representantes de los camareros y metalúrgicos rogándoles  a sus afines del gremio que no faltaron a los cafés, bares, talleres y fábricas. Finalmente hablaron otros dos ex concejales, el socialista Ignacio Aragón y el ingeniero agrónomo Manuel Sánchez Herrero de Izquierda Republicana. El primero se dirigió a los obreros gráficos y el segundo a los técnicos de la burguesía republicana progresista.
  
         El periódico La Rioja extractó la noticia de la emisión de estos mensajes, el martes 21 de julio, en un único párrafo de 19 líneas. Con un sólo punto ortográfico, el punto final. Tres asteriscos mal maquetados y como asustados –o quizá como aterrorizados- separaban el apunte noticiado del nombre del “guardián” de los puños y las pistolas, el Gobernador,, (con dos comas en el original) Emilio Bellod, realizando nombramientos de Diputados Provinciales. No había ladillos ni título. Simplemente fue acoplado como pudieron. Encajado en la teja malamente, a deshora, y con la edición ya cerrada.

 Aquí estuvo el origen del dilema. Del error excesivamente serio de aquel número del periódico local. Del problema de Bando de Guerra. No fue por la frialdad o el desinterés demostrado en la impresión gráfica de la noticia, ni por los defectos técnicos del linotipista de turno. Según ellos, en el suelto aparecía un error de desacato, de encubrimiento de un rebelde y de un vendedor de patrias y traidor. Y era nombre de mujer. A eso habían venido, en manada, de uniforme y con pistolas esa mañana del 21 de julio de 1936 a los locales del periódico. Para subsanarlo por las malas.

D. Felipe rogaba excusas entre empujones, amenazas, y entre pistolas clavadas en la espalda y en el pecho. Hasta Migueliyo, capote simbólico en ristre, reclamaba serenidad a la comparsa guerrera:
         - Un momento. Es un error sin intenciones. Un  defecto de las prisas. ¡Claro que todos conocemos su nombre! Era tarde cuando terminó la emisión de la radio y teníamos todo cerrado. Al reconstruir la caja para la teja se nos colaba el gazapo.

         Pero no estaban para gazapos los cazadores de hombres en aquella fecha. Ni para excusas, ni momentos. Había habido un error excesivamente gordo y debía solventarse cuanto antes.

- Rectificaremos en la edición de mañana, añadía D. Felipe
- Ya es tarde. Primera y última vez.

Claro que la conocían, y también se habían dado cuenta excesivamente tarde del error de un simple nombre de pila de uno de los nueve locutores improvisados de la noche anterior. Pero no les pareció tan importante. No sólo el director, redactores y trabajadores de La Rioja, sino hasta el último ciudadano de Logroño sabía quien era la tal Paulina de la noticia. Para ellos, para los promotores y animadores del golpe, sin embargo, era absolutamente inasumible la excusa de que un simple linotipista y las prisas produjeran tan inmenso, detestable error. Alegaban: entre medias y hasta el final del proceso han tenido que existir algunos cómplices.

- Y Vd. el primero Señor Director, le gritaron en la cara

Los de izquierdas y los de derechas sabían perfectamente el papel que representaba. La importancia de su opinión y de sus palabras en todas partes. En el Partido, en el Sindicato, en la Fábrica y hasta en la Cantina Escolar. Y los que mejor lo conocían eran los propios promotores del Frente Nacional Contrarrevolucionario. Los principales animadores del golpe contra la República en la ciudad. Ahora revestidos de azul de arriba abajo y cubiertos con chapelas rojas hasta las orejas. Era sin más Doña Luisa o simplemente “Luisa, la cigarrera”. No Paulina Marín. Este cambio de nombre resultó un problemón para todos aquella mañana. No corrían horas para andarse en matizaciones. En alegatos de despistes. Una vida valía bastante menos que eso.


Un mes después terminaron con el problema. Paulina o Luisa, qué más daba. El problema no era cuestión de un mero nombre. Las ideas eran la causa. Las ideas de justicia y de equidad. De un mundo mejor para todos.
 
Está inscrita en las Actas de Defunciones del Registro Civil de Logroño por partida doble. Los día 22 y 23 de agosto de 1936. En la primera fecha es identificada por los camilleros de la Cruz Roja como la “operaria de la fábrica de tabacos, Luisa Marín”. En la segunda partida declaraba bajo juramento su hermano Luis, ante el juez de instrucción, que “el cadáver señalado con el nº 4… se refiere a su hermana Luisa Marín Lacalle de 52 años…”. En la tarde-noche del 20 de agosto de 1836 fue asesinada por los fascistas, sin causa previa, en la cuneta de 'La Grajera' o ante las tapias del cementerio -qué más da- de la ciudad.

Hoy sabemos, que además de conocida, fue la mujer de los picos, o de las crestas, según la jerga lingüística que utilicemos. Los Libros de Defunciones del Registro Civil de Logroño del mes de agosto de 1936 nos lo ponen de manifiesto una vez más. Como en otras ocasiones y circunstancias. Este fue uno de sus sinos. Sin buscarlo.

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