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María de la O Lejárraga García
Una mujer excepcional

María Lejárraga de Martínez Sierra

Por Indalecio Prieto
D
on Augusto Martínez Olmedilla acaba de escribir un libro titulado "Arriba el telón", que quiere ser la historia del teatro en España durante un siglo. Juzgando por el diminutivo, deben ser pocos los olmos que pueblan esa olmedilla. Pocos o muchos, sería inútil pedirles peras, fruto que ese árbol no da, como ninguno dio el autor del libro cuando se puso a escribir comedias. Siempre fue un escritor mediocre y nunca acertó con los recursos escénicos. Tampoco ahora ha acertado el teatro donde fracasó. La edición de que hablo es muy lujosa y parece como si el señor Martínez Olmedilla se limitara en ella, bien por penuria literaria o bien por expreso encargo del editor, a comentar estampas y retratos que aparecen en páginas de rico papel cuché, con lo cual la obra, más que una historia, semeja un álbum.
Pero no es mi propósito criticarla, tarea para la cual carezco de aptitud, sino reparar una injusticia que por enemistad política manifestada en este caso sin venir a cuento, ha cometido el octogenario cronista.

‘Comentarios sobre una inepcia’

En el capítulo titulado "La compañía de Martínez Sierra" se dice: "Andando el tiempo se supo que detrás de Martínez Sierra había otro escritor: su esposa, María de la O Lejárraga, que por complejo de modestia, abnegación y cariño prefería quedar en el anonimato. Mujer inteligentísima de gran ternura y sensibilidad, por una aberración inconcebible durante nuestras revueltas políticas tomó partido por los rojos más avanzados y manchó su historial de dulzura y serenidad predicando ideas disolventes en los agros andaluces y extremeños, proceder tanto más absurdo cuanto que vivía suntuosamente en un magnífico inmueble de la calle de Génova, desde el cual lanzaba sus alegatos demoledores".

Nada menos que una aberración inconcebible constituye para tal comentarista la circunstancia de vivir suntuosamente y, no obstante, predicar ideas demoledoras, según Olmedilla denomina a las ideas socialistas, que son las siempre profesadas por María Lejárraga. La aberración abría alcanzado proporciones más monstruosas, a los ojos de tan mezquino analizador, de haber sabido éste que, además de dicho aposento de la calle de Génova, tomado en alquiler, mi ilustre correligionaria era propietaria de una casa de campo -de la que luego hablaré- en Cagnes-sur-Mer, muy cerca de Niza, donde solía recluirse para trabajar al huir de los rigores del invierno madrileño.

Cualquier mortal dotado de sentido común estimará que cuanto mayor sea el bienestar de una persona, más generosa resultará su consagración a los humildes. Cosa distinta sería si ese bienestar o esa riqueza -caso de haberla, y en María nunca la hubo- estuviesen logrados a costa de sudores y sufrimientos ajenos, y no con el trabajo propio que fue el único manantial de mi excelsa amiga. Lo confirma Martínez Olmedilla diciendo de ella: "Había empezado a vivir modestamente como maestra nacional, cargo que dejó para dedicarse a la literatura. Madrugadora infatigable, a las cinco de la mañana empezaba a laborar: un día, era el capítulo de un libro original; otro, la traducción de una obra maestra: Shakespeare, Ibsen, Maeterlink, o las escenas de una comedia propia, en las que campean la exquisitez, la fina sensibilidad inconfundiblemente femenina. Lo interesante para ella era producir sin descanso: la exhibición personal, le molestó siempre: de ahí su desden ante el aplauso, negándose siempre a firmar sus escritos. En el feminismo español tiene María Martínez Sierra un lugar preeminente porque escribe siempre en mujer; su obra es totalmente femenina. Pero desconcierta al observador porque no sabe si hay en ella abnegación, escepticismo, renunciamiento o simplemente paradoja. Para todo tiene una sonrisa de supremo desdén; ni aún se conmueve -ella, tan maternal en apariencia-, ante la idea de verse estéril. Y, sin embargo, ha escrito con sangre del alma "que toda mujer, porque Dios lo ha querido, dentro del corazón lleva un niño dormido".

"Le Socialiste!, 22-II-1962


Razones del anónimo
Si Martínez Olmedilla, para documentarse menos superficialmente y enjuiciar más imparcialmente hubiese leído el libro "Gregorio y yo - Medio siglo de colaboración" que María Lejárraga publicó en Méjico hace nueve años mientras estuvo aquí antes de ir a Buenos Aires donde ahora reside, se habría ahorrado aventuradísimas conjeturas acerca de su comportamiento al mantenerse en el anónimo, pues ella misma explica esa actitud en las siguiente líneas relativas también a su marido:

"No hemos colaborado, es decir trabajado en nuestra obra común sin interrupción, por haber sido marido y mujer; hemos llegado al santo estado de matrimonio a fuerza de colaborar. Antes de ser siquiera "novios" habíamos escrito y publicado cuatro libros: "El poema del trabajo", "Cuentos Breves", "Flores de escarcha", "Diálogos fantásticos". Antes de casarnos la primera novela corta, "Almas ausentes", alcanzando el primer premio en un concurso literario -¡mil posetas de entonces!- sirvió para añadir unas cuantas supefluidades a nuestra instalación conyugal ... "El poema del trabajo" y "Cuetos breves" logramos editarlos en secreto juntando nuestros escasos ahorros. Firmamos, yo por ser manestra de escuela, los "Cuentos" destinados a los niños; él, por ser reconocidamente poeta, el poema. Llevámoslos el mismo día a nuestras respectivas casas. En la de mi colaborador, un libro era casi un milagro, y el del primogénito fue recibido con todos los honores: sorpresa, regocijo, orgullo familiar. Creo que hasta champaña se descorchó en la celebración. En la mía, donde había tantos, dos libros más, aunque uno lo firmase la primogénita y el otro el "amiguito" que mis padre y hermanos antes que yo sospechaban que había de convertirse en novio, no significaban gran cosa ni ocasionaron celebración alguna. Yo, en mi orgullo de autora novel, había descontado mejor acogida. Tomé -interiormente como es mi costumbre- formidable rabieta, y juré por todos los dioses mayores y menores: "No volveréis a ver mi nombre impreso en la portada de un libro".

"Esa es una de las "poderosas" razones por las cuales decidí que los hijos de nuestra unión intelectual no llevaran más que el nombre de mi padre. Otra que siendo maestra de escuela, es decir, desempeñando un cargo público, no quería empañar la limpieza de mi nombre con la dudosa fama que en aquella época caía como sambenito casi deshonroso sobre toda mujer "literata" -sobre todo literata incipiente-. ¡Si se hubiera podido ser célebre desde el primer libro! La fama todo lo justifica".
La razón tercera, tal vez la más fuerte, fue romanticismo de enamorada. Casada, joven y feliz, acometióme ese orgullo de humildad que domina a toda mujer cuando quiere de veras a un hombre. "Puesto que nuestras obras son hijas de legítimo matrimonio, con el nombre del padre tienen honra bastante". Ahora, anciana y viuda, veome obligada a proclamar mi maternidad para cobrar mis derechos de autora. La vejez, por mucho fuego interior que conserve, está obligada a renunciar a sus romanticismos, si ha de seguir viviendo, aunque sea por poco tiempo".

Una atriz ingenua,
mujer fatal
¿Contra quién defendía sus derechos de autora? Contra una hija de Catalina Bárcena que, por ser hija de Gregorio Martínez Sierra, pretendía absorberlos hundiendo en la misera a la verdadera creadora de tantas comedias famosas.
Caricatura: Gregorio y Catalina Bércena
Catalina Bárcena, como por lo general sucede con las actrices que en el escenario representan papeles de ingenuas, actuó de mujer fatal deshaciendo un matrimonio dichoso. Pero María Lejárraga, ni aún después de comprobar la infidelidad, dejó de atribuir a Gregorio cuanto ella producía. Más de cuatro quintas partes de la obra literaria que figura a nombre de Gregorio Martínez Sierra, sin exhalar quejas ni formular protestas hasta que desvalida y expatriada hubo de acudir a los tribunales en busca de amparo, pues las comedias que ella escribió -ella y nadie sino ella, pues Gregorio enfocó sus actividades a especializarse como director de escena y a ser empresario teatral- siguen representándose en España y en el extranjero, especialmente "Canción de Cuna" que, traducida a varios idiomas, ha dado con aire triunfal la vuelta al mundo.

Cabe mayor abnegación y mayor elegancia espiritual que las de esta mujer escepcionalísima por su talento, su cultura, en nobleza e incluso su enamoramiento?. La muerte de su marido, de quien permaneció separada largos años, aunque guardándose siempre respeto y cariño, la supo en 1947, con dolorosa sorpresa, por una emisión radiofónica, hallándose ella exiliada en Francia.

Libretos musicados: El Amor Brujo

Antiguos afiliados al
Partido Socialista
Cualquiera que lea "Arriba el telón" creerá que María Lejárraga, negando su personalidad y contradiciendo su historia, se lanzó alocadamente a desatentadas aventuras revolucionarias. Por el contrario, fue leal consigo misma en todo instante. Hija de un médico que practicaba su profesión en los miserables suburbios madrileños que Vicente Blasco Ibánez tomó para fondo de su novela "La horda" la exquisita sensibilidad de María hizo que su espíritu no sólo se apiadara de tantos desventurados sino que le animase para pelear en pro de ello, contribuyendo a redimirlos. Y cuando ninguna sombra velaba todavía su felicidad matrimonial, Gregorio y María ingresaron ambos como afiliados en la Agrupación de Madrid. Esto lo ignora sin duda Olmedilla.

María era, pues, una veterana en nuestras filas cuando en 1933 el Partido la incluyó en la candidatura de diputados a Cortes por Granada. A virtud de esta circunstancia tomó parte en actos de propaganda electoral. A Olmedilla le será impible encontrar en el texto de aquellos discursos, contra cuanto torpemente asegura, nada que manchara el historial de dulzura y serenidad de la eximia comediógrafa, quien nunca perdió su aire dulce y su tono sereno. En tierra andaluza mezclose con gentes humildes, compareciendo ante ellas en unión de Fernando de los Ríos -otra gran figura del Socialismo español que tampoco se entregó nunca a alegatos demoledores- para confontarlas y alentarlas, como cumple a un alma impregnada de auténtica caridad y limpia de repulsivas hipocresías.
María en las Cortes con Matilde de la Torre
Protestar contra las injusticias sociales, cual hoy protesta el Papa, quien, encima, hace que se unan a su clamor todas las jerarquias eclesiásticas, sólo pueden considerarlo pecaminoso hombres infectados por odios anticristianos como Martínez Olmedilla que ha sido capaz de estampar en 1961 su estúpida diatriba contra María Lejárraga por anticiparse a esas mismas protestas.

En el Congreso, María Lejárraga de Martínez Sierra se sentaba junto a mi en los escaños de la oposición a un Gobierno formado por republicanos apóstatas de la democracia, con reaccionarios impenitentes, y "sotto voce" nos entregábamos a comentarios presididos por absoluta coincidencia ...

Misterios en la Costa Azul
Pero párrafos antes ofrecí hablar de la casa que en Cagnes-sur-Mer poseía la autora de "Canción de Cuna" y voy a cumplir lo prometido.
En París, a donde llegué en forma casi inverosímil después de concluir catastróficamente la huelga general organizada contra la entrega del Poder a elementos desafectos al régimen, recibí muy afectuosa carta de María Lejárraga ofreciéndome dicha casa y describiendo su emplazamiento solitario en un paraje campestre al borde del Mediterráneo y alejada del pueblo, en fin, sitio ideal para descansar. Acepté.

"Canción de Cuna", obra de María Lejárraga


Policias franceses no me dejaban ni a sol ni sombra, según ellos para protegerme, por tener confidencias de que dos carlista habían atravesado la frontera para matarme en venganza por el asesinato de un diputado correligionario suyo. Muchas veces, estos servicios de aparente protección son más bien para vigilar al "protegido" siguiendo a todas horas sus pasos, pero, bien para lo uno o para lo otro, a mí me enojaron siempre. Me hice ilusiones de que abandonando la capital quedaría libre de semejante pejiguera: mas al montar en el tren para la Costa Azul, un inspector montó conmigo. Al apearme en Niza, mi acompañante me confió a otos dos inspectores que esperaban en el andén. Ellos me guiaron al domicilio del apoderado de María, quien, habiendo ya recibido instrucciones de ésta, puso la casa a mi disposición.

Era una mansión exenta de suntuosidades, aunque cómoda, holgada y silenciosa, sin más ruido que el ritmo de las olas que espumeaban suavemente en playa inmediata. Gobernábala una señora de edad, cuya única hija trabajaba en lujosa tienda de la cercana Niza.

Cuando la muchacha sin antecedente alguno de los nuevos huéspedes -una hija mía y yo- llegó aquella noche a dormir, sorprendiose al ver hombres sospechosos entorno a su vivienda. Empavorecida, corrió desolada a Cagnes-su-Mer, arrabal de Grasse, participando sus temores a varios lugareños que se ofrecieron a escoltarla para desentrañar el misterio. Al acercarse la patrulla campesina, salieron a su encuentro los hombres sospechosos, quienes se identificaron. Eran policías veladores de nuestros sueños, los cuales no se creyeron obligados a explicar qué misión estaban desempeñando. La muchacha entró en casa, donde su madre la aguardaba con impaciencia por el retraso, y ya en autos, acabó de tranquilizarse, marchando al otro día, muy temprano, directametne a Niza.

Casa de María en Niza (Francia)
Los labriegos retornaron al arrabal y allí divulgaron lo que habían visto. ¿A qué obedecería la presencia de policías en derredor de la casa? Todos los vecinos de Cagnes quisieron verlo por si mismo y, unos a pie y otros en bicicleta, se acercaron a nuestra residencia, dando cada cual versión distinta, con arreglo a la respectiva fantasía, de tan extraño suceso como el que agentes policiales procedentes de Niza fuesen o viniesen en continuos relevos a custodiar la casa misteriosa. ¿Qué ocurriría dentro de ella? ¡Adiós tranquilidad, adiós reposo!

Pero la situación se hizo pronto mucho más violenta. Llegaron de Roma, para acompañarnos unos días, el comandante de aviación Ignacio Hidalgo de Cisneros, agregado a nuestra embajada en la capital italiana, y su esposa Constancia de la Mora Maura, nieta de don Antonio Maura. Marcelino Domingo y yo habíamos sido testigos de su matrimonio civil en Alcalá de Henares en el año 1931. Me unía a ellos una amistad entrañable, sobre todo con Ignacio, que convivió conmigo en el mismo Hotel de París durante la emigración inmediatamente anterior al advenimiento de nuestra República. Después en plena guerra civil, quedó roto todo vínculo amistoso, porque ambos derivaron hacia el comunismo. Yo hice destituir a Constancia por sus vergonzosas parcialidades desde el ministerio de Estado al censurar los mensajes telegráficos a periódicos extranjeros.

Traza borbónica de un
comandante republicano
Ambos esposos de alojaron en nuestra casa de Cagnes. Levántabase esta en una estrada que desde la carretera va al campo de golf. Un guardián de campo que me vio paseando a pie con Ignacio, echó a volar la especie de que éste era el mismísimo Alfonso XIII, de lo cual mostrábase seguro por haberle conocido personalmente en ocasiones que allí mismo jugó al golf el rey. Cierto que Ignacio tenía cierta traza borbónica, guardando en la talla y el rostro cierta semejanza con Alfonso XIII y por ello resultaba explicable la confusión.

Comenzaron a correr por la comarca disparatadísimos rumores de que el rey destronado y un ex ministro republicano se habían citado en aquel lugar solitario para concretar secretamente la restauración del trono, y he ahí las extraordinarias precauciones policiales. Para colmo de los colmos, un diario de Niza insertó en su primera plana extensa información prestando eco a los absurdos bulos. Estaba terminando el Carnaval de Niza y los turistas, que en legión, son atraídos por aquellas famosas carnestolendas comenzaron a encaminarse hacia Cagnes, ansiosos de testimoniar cualquier episodio de tamaño acontecimiento. Para librarnos de semejante curiosidad, los Hidalgo de Cisneros, mi hija y yo decidimos ausentarnos durante toda la jornada, recorriendo de punta a punta la Costa Azul.

Ignacio Hidalgo de Cisneros
Cuando, entrada la noche, regresamos a casa, nos aguardaba el jefe de policía del departamento de los Alpes Marítimos, quien, tras saludarnos con gran respeto, fijó inquisitivamente su mirada en Ignacio Hidalgo de Cisneros. Debieron de quedarle dudas sobre la identidad de éste, pues, extremando la cortesía, insinuó que deseaba examinar su pasaporte. Púsolo Ignacio en manos del Comisario, calóse éste las gafas para ver detenidamente el retrato, que compulsó con el rostro de aquel, disipándosele las dudas de que se tratara de Alfonso XIII. Volviéndose hacia mi, manifestó que iba a pedirme un favor, contestando yo que me tenía a sus órdenes:

-Voy a suplicarle -añadió- que regrese a París. Si usted quiere, puede continuar aquí, pero marchándose me prestaría un gran servicio personal que yo le agradecería muchísimo. Ya ve Vd. el revuelo que se ha promovido con su presencia, revuelo al que contribuyen ciertas novelerías ...

-Mañana mismo -le dije, sin permitirle concluir sus negociaciones- regresaré a París.

Ignacio y su esposa emprendieron el retorno a Roma y mi hija y yo marchamos a París en el primer tren. Lo que falsa, sañudamente y sin venir a cuento, escribió en "Arriba el telón" don Augusto Martínez Olmedilla ha removido todos estos recuerdos.

Llegue hasta María Lejárraga en su modesto retiro de Buenos Aires el homenaje de mi amistad y de mi admiración y perdóneme que, saltando sobre su elegante discreción, haya aludido en los presentes renglones a su litigio con la hija de Catalina Bárcena y haya citado el nombre de esta atriz ingenua que, como mujer fatal, destruyó un matrimonio enlazado floridamente por el arte y el amor.
(Le Socialiste, jeudi 22 fevrier 1962, pp.1-2)