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"Riojanos:
Me separo de Logroño, mi pueblo adoptivo, porque la patria y su libertad
reclaman mi presencia en la invicta Zaragoza. Me llevo el grato recuerdo
de siete años en que he sido vuestro conciudadano. Un sólo encargo os dejo:
Obedeced a la patriótica junta que ha sido instalada en este día, respectad
sus disposiciones y conservad el orden, garantía segura del triunfo". |
La proclama del general Dulce es todavía más enérgica. Dice en ella: "Ya no
hay progresistas ni moderados; todos somos españoles, émulos de los hombres
del 7 de julio de 1822. Vuelta a la Constitución de 1837; mantenimiento de Isabel
II; destierro perpetua de la reina madre; destitución del actual ministerio;
restablecimiento de la paz en el país: tal es el fin que perseguimos a toda
costa, como demostraremos en el campo del honor a los traidores que castigaremos
por su culpable locura".
Todas estas promesas influyeron en el nuevo sesgo que tomó "la revolución de 1854" en contra de los Gobiernos herederos del "polaco": el del General Córdova y del Duque de Rivas. Pero sólo eso. Los demócratas Ya desde antes, los demócratas venían trabajando en su contra, como lo demuestra que a primeros de febrero sean detenidas en Madrid sus principales figuras y en Zaragoza un puñado de sus seguidores se unieran a Hore. Son los pequeños incidentes urbanos de la primera semana de julio los que más alentaron otro tipo de "resistencia" a la planteada por el conflicto militar-palaciego de finales del mes de junio. La oposición desde ahora se teñía de "popular". Se confirma en la primera gran capital que se levantó, Barcelona, en la que los obreros acudieron a la huelga una vez más y los soldados se opusieron al Gobierno a partir del día 14. Lo mismo sucedía en Valencia un par de días después; y algo parecido en la guarnición de Valladolid el día 15 y en la de San Sebastián el 17. ¿Y en la sede del gobierno, en Madrid? Pues aquí, aunque el movimiento fue más tardío, los sucesos fueron cruentos al enfrentarse el gobierno, con sus tropas, y el pueblo, con sus barricadas, y persistieron enzarzados en la lucha durante "los cuatro días de julio (del 17 al 20) de 1854". Sólo el control del movimiento "popular" madrileño por parte de algunos progresistas radicales y el anuncio de la Reina de que iba a llamar a Espartero atemperaron los ánimos. "La revolución en Zaragoza" Mientras tanto en Zaragoza la "revolución" iba por otro camino. Los progresistas radicales locales y el amigo de Espartero, el General Ignacio Gurrea, que desde Bilbao había partido hacia élla inmediatamente que los militares en torno a O'Donnell se lanzaron a la acción, canalizaron el movimiento. Y si en ninguna de las ciudades insurrectas se acordaron, o no quisieron ni oir hablar de Espartero, y mucho menos reclamaron su presencia, aquí la "revolución" se transformó en un plebescito esparterista. Y no se limitaron a mirar hacia Logroño, sino que decidieron recorrer ciento setenta y cinco kilómetros para ir a buscarlo y sacarlo de su mutismo. En Logroño Habían pasado veinte días desde el inicio de la aventura de los militares agraviados cuando el grupo de los mensajeros de la "invicta Zaragoza" llamaron temprano a la puerta de la Casa-Palacio de Espartero en la capital de La Rioja. Eran las nueve y media de la mañana del día 17 de julio cuando la "revolución" se adentraba en su portal para ofrecerle la Presidencia de la Junta autonombrada en su ciudad. Y Espartero, una vez más, se dejó querer, dando su propia lectura del hecho, al traducirlo en que "la patria y su libertad reclamaban su presencia". Hasta ahora la "Espada de Luchana" había estado guardadita en los cajones de la Librería de su Salón de la Biblioteca compartiendo con su "Portador" retiro y ocio, pero a partir de este momento, desenvainada, estaba presta para alcanzar un nuevo título, el de "La Espada de la Revolución". Espartero sale hacia Zaragoza El Capitán General D. Baldomero Espartero, Duque de la Victoria y de Morella, se "separaba" de su casa y de su hacienda logroñesa durante un período de dos años, aunque antes de hacerlo se cubriera bien las espaldas dejando a la cabeza de la Junta de Gobierno formada en la Provincia de Logroño a su tío político D. José Santa Cruz y a sus más fieles amigos y compañeros de partido. Desde el día 18 de julio de 1854 que partió camino de Zaragoza hasta el día 5 de agosto de 1856 que tornó desde Madrid otra vez a su ciudad adoptiva, el maduro General, y lo que significaba, vivió sobrados días de gloria, pero también momentos de máxima amargura. Estas "luces" y "sombras" fueron un calco de su primera participación en el gobierno del país, cuando alcanzó los honores de ser Regente del Reino. Como fueron también un calco los dos tipos de oponentes a los que tuvo que hacer frente el gobierno presidido por Espartero a partir de 1854. Por un lado las fuerzas más reaccionarias apiñadas a los largo de Bienio en torno a "la controversia religiosa", y por otro a las más reformistas canalizadas por las demandas sociales exigidas por los demócratas. Desamortización de Madoz Y es que el problema de fondo del gobierno nacido de la "revolución de 1854" seguía siendo el mismo que durante la Regencia, las angustias hacendísticas; y como la respuesta ensayada para solventarlas resultó ser la misma dada en los años cuarenta, o sea, reinstaurar la política de las desamortizaciones, las diferencias entre uno y otro mandato no podían ser muy acentuadas. En efecto, en enero de 1855 Pascual Madoz, como Ministro de Hacienda, anunciaba en las Cortes la necesidad de acudir a las desamortizaciones. Poco tiempo después se redactaba un proyecto que incluía no sólo la desamortización de las propiedades eclesiásticas y de las órdenes militares, sino también las del Estado, "los comunales" y las dotaciones de hospitales, escuelas y otras fundaciones, y además, para suavizar las críticas, se prometía compensaciones, o lo que es lo mismo, no se haría uso de las confiscaciones como había sucedido en el pasado. |
A finales de abril de 1855 la Reina Isabel II firmaba el Decreto,
entre graves conflictos de conciencia, según señalan los historiadores coetáneos.
Esta línea política económica tenía principalmente dos grandes perdedores, como
ya sucediera una década anterior: uno, evidentemente, la Iglesia; y otro, los
campesinos o auténticos trabajadores de la tierra. Y a los dos, o a los ideólogos
de ambos, los tuvieron enfrente los gobiernos del Bienio presididos por el Duque
de la Victoria. En cuanto a la primera, las relaciones con el gobierno progresista venían siendo tensas desde el principio, pero se acenturaron a causa de la prohibición de la publicación en España de la bula Ineffabilis de Pío IX, sobre el dogma de la Inmaculada Concepción, así como también por la amplia polémica sobre la base segunda de la nueva Constitución que se redactaba. Y evidentemente, se axasperaron aún más, a partir de la propuesta desamortizadora. La respuesta llegó primero por el rumor de la entrada en acción de los carlistas, y más tarde, en la primavera de 1855, por el estallido de un alzamiento de los mismos que fue fácilmente sofocado. ![]() Pero mucho más serio fue dar respuesta al problema planteado desde el otro frente. La situación social, en la primavera de 1855, era alarmante, y el gobierno poco podía hacer por evitarla, pues rozaba económicamente la bancarrota. Los demócratas y los progresistas "puros" acercaban sus posiciones para poder eliminar de la escena política a la parte más moderada de la coalición. O`Donnell, se defendió, amenazando con la dimisión del Gobierno en pleno. Final del Bienio La chispa que inició el fin del Bienio fue el Decreto del 3 de junio de 1855 sobre la milicia urbana, en el que se limitaba la entrada en sus filas a "los más pobres". La crisis supuso la remodelación parcial del Gabinete con un giro hacia el odonnelismo y con un llamamiento de Espartero para que no sucediera lo que en 1843. La permanencia de la alianza supuso el inicio de interesantes intentos para atemperar los problemas económicos con la modernización de las infraestructuras, especialmente, con la aceleración legislativa para dinamizar el tendido de los ferrocarriles, que terminó en la Ley del 3 de junio. Con élla se abrían espectativas halagüeñas tanto para las clases propietarias como para las trabajadores, al suponerse, que a unas les lloverían los beneficios y a otras los jornales. No obstante no fue así, y en julio en Barcelona se realizó la primera huelga general de la Historia de España que no se resolvió por la fuerza. En ello parece que tuvo mucho que ver "el pulso de fuerza" entre Espartero y O´Donnell, ya que el primero usando de uno de sus tantos estribillos, el de que escuchasen "la voz de un hijo del pueblo", logró resolverla sin especiales represalias. El Duque de la Victoria lograba así prolongar un año más su mandato, auxiliado además, porque en el otoño, empezaba a notarse el alivio de las dificultades hacendísiticas. Pero D. Baldomero vivía remansado en los primeros años cuarenta y no había evolucionado prácticamente nada, y en consecuencia, todo lo anterior no era más que un mero espejismo, ya que no fueron más que promesas que nunca llegaron a cumplirse. Como tampoco llegaron cuando la población de Zaragoza se amotinó en noviembre contra la salida del trigo al extranjero, que supuso la dimisión como Capitán General de Aragón del "alter ego del duque de la Victoria", el General Ignacio Gurrea, al acusársele de no resolver los sucesos con contundencia. Esta falta de respuestas inclinó a los demócratas a proclamar en enero del nuevo año, 1856, que el pueblo estaba a un paso de alzarse en armas. Y no les faltaba razón, pues mientras Figueras lanzaba esta "bravuconada" en el Congreso el piquete de la Guardia Nacional que lo custodiaba se amotinó a tiros a los gritos de viva Zaragoza y la República. Y esta situación se prolongó durante todo el resto del año 1856 hasta que Espartero partió para su Logroño con la posible intención de no volver a la Corte nunca más. Se repitió en Barcelona, terminando en ejecuciones sumarias. En Málaga los campesinos ocuparon la ciudad. En Madrid los parados consiguieron la financiación de una carretera. Así como la milicia de algunas otras ciudades reivindicaban más "igualdades". Pero fue en abril de 1856 al estallar un motín en Valencia resistiéndose al reclutamiento, con la anuencia de la milicia, cuando más se tambaleó el gobierno de Espartero. Finalmente, cuando los sucesos se extendieron por Castilla (Valladolid, Palencia, Medina de Río Seco), nada sospechosa de extermismos, y las discusiones sobre los mismos se acenturaron, cuando todo terminó definitivamente, pues Espartero dimitió. El fin de Espartero La sublevación de la milicia madrileña en "los días gloriosos de julio", y la de otras ciudades, luchando contra el nuevo Gobierno presidido por O´Donnell no fue más que una respuesta a la "contrarrevolución" que se avistaba. En resumidas cuentas, las palabras que escribiera Marx, cuando el Duque entró triunfalmente en Madrid el 28 de julio de 1854, pueden considerarse vigentes en este agitado verano de 1856. No podía esperarse mucho de él, aunque al "pueblo" le costara aún muchísimo creerlo, ya que Espartero "no era un ser real, sino un fantasma, un nombre, un recuerdo". |
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