General Baldomero Espartero: político Volver
Espartero político
 

Tropas liberales en la Estación de Aranguez

Límite
Proclama

"Riojanos: Me separo de Logroño, mi pueblo adoptivo, porque la patria y su libertad reclaman mi presencia en la invicta Zaragoza. Me llevo el grato recuerdo de siete años en que he sido vuestro conciudadano. Un sólo encargo os dejo: Obedeced a la patriótica junta que ha sido instalada en este día, respectad sus disposiciones y conservad el orden, garantía segura del triunfo".

Esta es la conocida proclama que el Duque de la Victoria dejó publicada en el Boletín Oficial de la Provincia de Logroño el día 19 de julio de 1854 antes de romper con el retiro obligado de siete años en el pueblo natal de su mujer y adoptivo suyo, Logroño, y salir hacia la capital de Aragón para unirse a la "revolución de julio".

Según vemos, el escrito es breve, pero está lleno de "guiños". Unos de agradecimiento a los conciudadanos logroñeses que le acogieron con tanto afecto después del retorno del exilio; otros de populismo patriótico muy en la línea de su personalidad; y los más de liberalismo progresista moderado tal como nos muestran las actitudes de su propia vida.

Espartero: verano de 1854

Y es que esto es lo que representaba ya Espartero en el verano del cincuenta y cuatro, si es que antes había representado alguna otra cosa, cuando contaba con sesenta y un años de vida, había recibido cinco títulos de hidalguía y más de una veintena de condecoraciones, que, como nos recuerda Kiernan, le "habían atemperado la insaciable ambición". Y es que era así, como intuirán de inmediato los observadores coetáneos más perspicaces de "los sucesos revolucionarios de 1854", y sobre todo como se demostrará ampliamente en los dos años venideros del período denominado en la Historia de España "Bienio Progresista".

"Revolución de 1854"

La crisis o "revolución de 1854 en España" fue uno de los temas más frecuentados por la historiografía coetánea y ha sido tratada al detalle por el precitado Kiernan.
Mi intención, evidentemente, no es escribir sobre élla. No obstante, necesito acotar un pequeño grupo de ideas para poder ubicar a Espartero en su contexto.
El umbral de la "revolución" es de signo militar. Un clásico "pronunciamiento", y además promovido por militares prácticamente todos de tendencia moderada. El nombramiento de Luis José Sartorius, primer Conde de San Luis, el 19 de septiembre de 1853 como nuevo Presidente del Consejo de Ministros, propició la inquietud, que más tarde se ahondó con el cierre de las Cortes y, sobre todo, con las represalias durante el mes de enero del nuevo año hacia los Generales de la oposición moderada. Pese a ello, sólo dos represaliados, el cuñado de Espartero, José Concha, que se fugó a Francia, y O'Donnell, que se negó a obedecer la orden pasando a la clandestinidad en la misma Corte, se opusieron abiertamente al Gobierno.

Levantamiento de Hore

Es en febrero cuando se produjo el primer levantamiento militar con el Brigadier Hore sacrificado en Zaragoza, mientras que O'Donnell rumiaba su rebeldía en un escondite madrileño sin encontrar excesivos ecos a su postura. Finalmente a finales de junio se produjo la acción militar odonnellista, soportada fundamentalmente por los batallones de caballería de Dulce, cuyo ecuador fue el Manifiesto del 7 de julio en la manchega Manzanares.

¿Qué pasaba mientras tanto con el Capitán General D. Baldomero Espartero? Pues que parecía vivir tan ricamente retirado en su Casa-Palacio y en su finca de La Fombera de Logroño, y que, como mucho, se limitaba a escuchar la voz en off de ciertos mensajes, a los que igualmente no parecía conceder excesiva atención. Sin duda, sabía de sobra que los progresistas tenían puestas en él sus esperanzas pues se escribía abiertamente en su prensa partidista desde los primeros meses de 1854 , y como nos muestran los fondos de su Biblioteca estaba al día en la lectura. También sabemos que conocía los informes diplomáticos del embajador inglés de España en los que se le atribuían las intenciones de haberse unido a los sublevados zaragozanos de febrero si hubiesen gozado del triunfo . E incluso hasta podemos permitirnos la intuición de que los propios sublevados de junio en torno a O'Donnell y Dulce se precipitaron en su acción porque esperaban algún tipo de respuesta del Duque de la Victoria en su apoyo. Y es que media España dirigía su mirada hacia Logroño. Evidentemente todo esto no son más que meros supuestos, ya que no existe ninguna prueba documental que confirme sus intenciones hasta mucho más tarde, cuando el movimiento ha superado el carácter de pronunciamiento militar.

Manifiesto Manzanares

Domingo Dulce

"El llamamiento" de Dulce y O'Donnell, más conocido como el Manifiesto de Manzanares, dio un nuevo giro a la sublevación militar al pronunciarse por un conjunto de reformas que tanto progresistas como demócratas, o sea el poder de las regiones y ciudades, incluían en sus programas. Marx resumía así sus contenidos : "Dice que sus objetivos consisten en preservar el trono, pero expulsando la camarilla, la observancia rigurosa de las leyes fundamentales, el perfeccionamiento de las leyes electorales y de prensa, la disminución de los impuestos, la implantación en las carreras civiles del ascenso por méritos exclusivamente, la descentralización y el establecimiento de una Milicia Nacional con amplia base. Propone la constitución de Juntas y una asamblea general de las Cortes en Madrid para encargarse de la revisión de las leyes.

La proclama del general Dulce es todavía más enérgica. Dice en ella: "Ya no hay progresistas ni moderados; todos somos españoles, émulos de los hombres del 7 de julio de 1822. Vuelta a la Constitución de 1837; mantenimiento de Isabel II; destierro perpetua de la reina madre; destitución del actual ministerio; restablecimiento de la paz en el país: tal es el fin que perseguimos a toda costa, como demostraremos en el campo del honor a los traidores que castigaremos por su culpable locura".

Todas estas promesas influyeron en el nuevo sesgo que tomó "la revolución de 1854" en contra de los Gobiernos herederos del "polaco": el del General Córdova y del Duque de Rivas. Pero sólo eso.

Los demócratas

Ya desde antes, los demócratas venían trabajando en su contra, como lo demuestra que a primeros de febrero sean detenidas en Madrid sus principales figuras y en Zaragoza un puñado de sus seguidores se unieran a Hore. Son los pequeños incidentes urbanos de la primera semana de julio los que más alentaron otro tipo de "resistencia" a la planteada por el conflicto militar-palaciego de finales del mes de junio. La oposición desde ahora se teñía de "popular".

Se confirma en la primera gran capital que se levantó, Barcelona, en la que los obreros acudieron a la huelga una vez más y los soldados se opusieron al Gobierno a partir del día 14.
Lo mismo sucedía en Valencia un par de días después; y algo parecido en la guarnición de Valladolid el día 15 y en la de San Sebastián el 17.

¿Y en la sede del gobierno, en Madrid? Pues aquí, aunque el movimiento fue más tardío, los sucesos fueron cruentos al enfrentarse el gobierno, con sus tropas, y el pueblo, con sus barricadas, y persistieron enzarzados en la lucha durante "los cuatro días de julio (del 17 al 20) de 1854". Sólo el control del movimiento "popular" madrileño por parte de algunos progresistas radicales y el anuncio de la Reina de que iba a llamar a Espartero atemperaron los ánimos.

"La revolución en Zaragoza"

Mientras tanto en Zaragoza la "revolución" iba por otro camino. Los progresistas radicales locales y el amigo de Espartero, el General Ignacio Gurrea, que desde Bilbao había partido hacia élla inmediatamente que los militares en torno a O'Donnell se lanzaron a la acción, canalizaron el movimiento.

Y si en ninguna de las ciudades insurrectas se acordaron, o no quisieron ni oir hablar de Espartero, y mucho menos reclamaron su presencia, aquí la "revolución" se transformó en un plebescito esparterista. Y no se limitaron a mirar hacia Logroño, sino que decidieron recorrer ciento setenta y cinco kilómetros para ir a buscarlo y sacarlo de su mutismo.

En Logroño

Habían pasado veinte días desde el inicio de la aventura de los militares agraviados cuando el grupo de los mensajeros de la "invicta Zaragoza" llamaron temprano a la puerta de la Casa-Palacio de Espartero en la capital de La Rioja. Eran las nueve y media de la mañana del día 17 de julio cuando la "revolución" se adentraba en su portal para ofrecerle la Presidencia de la Junta autonombrada en su ciudad.

Y Espartero, una vez más, se dejó querer, dando su propia lectura del hecho, al traducirlo en que "la patria y su libertad reclamaban su presencia". Hasta ahora la "Espada de Luchana" había estado guardadita en los cajones de la Librería de su Salón de la Biblioteca compartiendo con su "Portador" retiro y ocio, pero a partir de este momento, desenvainada, estaba presta para alcanzar un nuevo título, el de "La Espada de la Revolución".

Espartero sale hacia Zaragoza

El Capitán General D. Baldomero Espartero, Duque de la Victoria y de Morella, se "separaba" de su casa y de su hacienda logroñesa durante un período de dos años, aunque antes de hacerlo se cubriera bien las espaldas dejando a la cabeza de la Junta de Gobierno formada en la Provincia de Logroño a su tío político D. José Santa Cruz y a sus más fieles amigos y compañeros de partido.

Desde el día 18 de julio de 1854 que partió camino de Zaragoza hasta el día 5 de agosto de 1856 que tornó desde Madrid otra vez a su ciudad adoptiva, el maduro General, y lo que significaba, vivió sobrados días de gloria, pero también momentos de máxima amargura. Estas "luces" y "sombras" fueron un calco de su primera participación en el gobierno del país, cuando alcanzó los honores de ser Regente del Reino. Como fueron también un calco los dos tipos de oponentes a los que tuvo que hacer frente el gobierno presidido por Espartero a partir de 1854.

Por un lado las fuerzas más reaccionarias apiñadas a los largo de Bienio en torno a "la controversia religiosa", y por otro a las más reformistas canalizadas por las demandas sociales exigidas por los demócratas.

Desamortización de Madoz

Y es que el problema de fondo del gobierno nacido de la "revolución de 1854" seguía siendo el mismo que durante la Regencia, las angustias hacendísticas; y como la respuesta ensayada para solventarlas resultó ser la misma dada en los años cuarenta, o sea, reinstaurar la política de las desamortizaciones, las diferencias entre uno y otro mandato no podían ser muy acentuadas.

En efecto, en enero de 1855 Pascual Madoz, como Ministro de Hacienda, anunciaba en las Cortes la necesidad de acudir a las desamortizaciones. Poco tiempo después se redactaba un proyecto que incluía no sólo la desamortización de las propiedades eclesiásticas y de las órdenes militares, sino también las del Estado, "los comunales" y las dotaciones de hospitales, escuelas y otras fundaciones, y además, para suavizar las críticas, se prometía compensaciones, o lo que es lo mismo, no se haría uso de las confiscaciones como había sucedido en el pasado.
A finales de abril de 1855 la Reina Isabel II firmaba el Decreto, entre graves conflictos de conciencia, según señalan los historiadores coetáneos. Esta línea política económica tenía principalmente dos grandes perdedores, como ya sucediera una década anterior: uno, evidentemente, la Iglesia; y otro, los campesinos o auténticos trabajadores de la tierra. Y a los dos, o a los ideólogos de ambos, los tuvieron enfrente los gobiernos del Bienio presididos por el Duque de la Victoria.

En cuanto a la primera, las relaciones con el gobierno progresista venían siendo tensas desde el principio, pero se acenturaron a causa de la prohibición de la publicación en España de la bula Ineffabilis de Pío IX, sobre el dogma de la Inmaculada Concepción, así como también por la amplia polémica sobre la base segunda de la nueva Constitución que se redactaba. Y evidentemente, se axasperaron aún más, a partir de la propuesta desamortizadora. La respuesta llegó primero por el rumor de la entrada en acción de los carlistas, y más tarde, en la primavera de 1855, por el estallido de un alzamiento de los mismos que fue fácilmente sofocado.

General Espartero - 1854

Pero mucho más serio fue dar respuesta al problema planteado desde el otro frente. La situación social, en la primavera de 1855, era alarmante, y el gobierno poco podía hacer por evitarla, pues rozaba económicamente la bancarrota. Los demócratas y los progresistas "puros" acercaban sus posiciones para poder eliminar de la escena política a la parte más moderada de la coalición. O`Donnell, se defendió, amenazando con la dimisión del Gobierno en pleno.

Final del Bienio

La chispa que inició el fin del Bienio fue el Decreto del 3 de junio de 1855 sobre la milicia urbana, en el que se limitaba la entrada en sus filas a "los más pobres". La crisis supuso la remodelación parcial del Gabinete con un giro hacia el odonnelismo y con un llamamiento de Espartero para que no sucediera lo que en 1843.
La permanencia de la alianza supuso el inicio de interesantes intentos para atemperar los problemas económicos con la modernización de las infraestructuras, especialmente, con la aceleración legislativa para dinamizar el tendido de los ferrocarriles, que terminó en la Ley del 3 de junio. Con élla se abrían espectativas halagüeñas tanto para las clases propietarias como para las trabajadores, al suponerse, que a unas les lloverían los beneficios y a otras los jornales. No obstante no fue así, y en julio en Barcelona se realizó la primera huelga general de la Historia de España que no se resolvió por la fuerza. En ello parece que tuvo mucho que ver "el pulso de fuerza" entre Espartero y O´Donnell, ya que el primero usando de uno de sus tantos estribillos, el de que escuchasen "la voz de un hijo del pueblo", logró resolverla sin especiales represalias.

El Duque de la Victoria lograba así prolongar un año más su mandato, auxiliado además, porque en el otoño, empezaba a notarse el alivio de las dificultades hacendísiticas. Pero D. Baldomero vivía remansado en los primeros años cuarenta y no había evolucionado prácticamente nada, y en consecuencia, todo lo anterior no era más que un mero espejismo, ya que no fueron más que promesas que nunca llegaron a cumplirse. Como tampoco llegaron cuando la población de Zaragoza se amotinó en noviembre contra la salida del trigo al extranjero, que supuso la dimisión como Capitán General de Aragón del "alter ego del duque de la Victoria", el General Ignacio Gurrea, al acusársele de no resolver los sucesos con contundencia.

Esta falta de respuestas inclinó a los demócratas a proclamar en enero del nuevo año, 1856, que el pueblo estaba a un paso de alzarse en armas. Y no les faltaba razón, pues mientras Figueras lanzaba esta "bravuconada" en el Congreso el piquete de la Guardia Nacional que lo custodiaba se amotinó a tiros a los gritos de viva Zaragoza y la República. Y esta situación se prolongó durante todo el resto del año 1856 hasta que Espartero partió para su Logroño con la posible intención de no volver a la Corte nunca más. Se repitió en Barcelona, terminando en ejecuciones sumarias. En Málaga los campesinos ocuparon la ciudad. En Madrid los parados consiguieron la financiación de una carretera. Así como la milicia de algunas otras ciudades reivindicaban más "igualdades". Pero fue en abril de 1856 al estallar un motín en Valencia resistiéndose al reclutamiento, con la anuencia de la milicia, cuando más se tambaleó el gobierno de Espartero.
Finalmente, cuando los sucesos se extendieron por Castilla (Valladolid, Palencia, Medina de Río Seco), nada sospechosa de extermismos, y las discusiones sobre los mismos se acenturaron, cuando todo terminó definitivamente, pues Espartero dimitió.

El fin de Espartero

La sublevación de la milicia madrileña en "los días gloriosos de julio", y la de otras ciudades, luchando contra el nuevo Gobierno presidido por O´Donnell no fue más que una respuesta a la "contrarrevolución" que se avistaba. En resumidas cuentas, las palabras que escribiera Marx, cuando el Duque entró triunfalmente en Madrid el 28 de julio de 1854, pueden considerarse vigentes en este agitado verano de 1856. No podía esperarse mucho de él, aunque al "pueblo" le costara aún muchísimo creerlo, ya que Espartero "no era un ser real, sino un fantasma, un nombre, un recuerdo".