"Nuestro buen amigo -lo es de todos nosotros- el siempre Conde de Romanones, ha publicado un libro sobre "Espartero, el General del pueblo", que tal reza su título. Es lo que se dice una semblanza, limpia, rápida, sencilla, y no un estudio crítico ni una biografía anovelada de las de al uso actual. Espartero escapa al jucio crítico -hasta de un politico-, pues como dice con penetrante sentido histórico el Conde: "Qué importa que la crítica, después de analizarlos -a los hombres representativos, simbólicos-, no encuentre en ellos nada de excepcional si su generación lo considera como el mejor, como el indispensable, como el salvador de la patria?" Así es, y la crítica luego puede muy poco contra esos hombres míticos y simbólicos. Así fueron Riego y Espartero, mitos y símbolos del castizo liberalismo español.
La perspicacia psicológica de Romanones, aguzada por su ejercicio del poder y de la política de partido, se detiene en ciertas particularidades de Espartero. Le extraña que la pasión del juego de azar tuviera raíces tan hondas en su temperamiento "ecuánime y sereno y dueño siempre de si mismo". Pero el rigor con que aplicaba ciertos castigos, haciendo diezmar a un batallón franco; el asumir la responsabilidad de sentencias de muerte sin previo sumario, bastándole "su propio convencimiento" -por razones que el rey conoce- y el caso de don Diego de León -su mayor torpeza política- ¿qué son sino fruto de un espíritu de jugador de lance que se lía la manta a la cabeza para jugarlo todo a una carta?.
Aguda es también la observación de que Espartero, el hijo del carpintero de carros de Granátula, el hombre del pueblo hecho luego duque y príncipe, "poseía la soberbia de los humildes, que es la más tenaz de las soberbias" ¿Soberbia? No, sino un ingenuo engreimiento que ni es propiamente vanidad. Basta leer las intrigas y candorosas cartas que el general dirigía a su mujer, doña Jacinta Martínez de Sicilia, que fue su dueña y que le hizo arraigar en Logroño. Durante la campaña de 1835 y 1836 no hace sino decirle que en cuanto se separaba de su división dejaba esta de ser invictta; que el extranjero "sentirá el que se quede de cuartel"; que goza "de favor en el extranjero"; que "los ingleses, locos conmigo"; que se consideraba invencible e inmortal a la cabeza de sus húsares ... Y todo ello diciendo a su Chiquita -así llamaba a su mujer- a cada paso, que deseaba acabase todo aquello "para reunirme contigo y no separarnos más", y lo repite como estribillo conyugal. Yo "sin ti no quiero habitar en este mundo". En carta a su "querida Chiquita" de 9 de noviembre de 1840 al final de su Regencia, después de decirle: "yo soy la bandera española y a ella se unirán todos los españoles", agrega que confía en consolidar el trono de Isabel y "que aún me ha de conservar Dios algunos años de vida para emplearla en plantar -arboles en la Fombera y mejorar a Logroño como un simple ciudadano". Y aquella entrañada carta, antes de Luchana, desde Castro Urdiales, en que le dice: "El movimiento sobre Bilbao es temerario y antimilitar; pero hay que sacrificarlo todo en estas circunstancias aunque puede perecer el ejército. Si después de salvar Bilbao lo dejo, lo volverán a bloquear; si levanta la guarnición, ¡qué dirían los patriotas! Terrible esta situación de un general en jefe en guerras civiles. ¡Ay, mi jardin, mi jardin!" Y en esto se le fue el alma toda, una alma humanísima.
Conde de Romanones