María se separó físicamente de Gregorio en los primeros
años veinte, y compró una casa de campo en la Costa Azul francesa,
en Cagnes, y en ella se retiró a descansar y sobre todo a escribir sosegadamente.
A Madrid volvía en los meses estivales viviendo en una casa alquilada.
No obstante aún se continuaron viendo con cierta frecuencia, como los
muestran los documentos gráficos y epistolares existentes.
En los años treinta los contactos físicos se perdieron del todo,
-pero no se llegó a la ruptura definitiva del divorcio, pese a que se
había aprobado en la legislación republicana-, y mucho más
después cuando Gregorio y Catalina decidieron "hacer las Américas".
Finalmente incluso se perdieron hasta las relaciones culturales y epistolares,
como lo demuestra que María tuviera que enterarse de la muerte de su
marido por la radio.
Catalina Bárcenas, la amante de Gregorio
Desde 1912 se dan las relaciones sentimentales entre Gregorio Martínez
Sierra y
Catalina Bárcena. Esta atriz, de origen cubano, había
ascendido en el mundo del teatro muy rápidamente por las influencias
de unos y de otros empresarios del mundo teatral madrileño del momento,
y en especial por el apoyo del propio Martínez Sierrra, que la convirtió
muy pronto en primera atriz de su compañía.
María Lejárraga padeció
en silencio estas relaciones desde los primeros momentos, y fue uno de sus temas
confidenciales con los amigos y colaboradores durante estos años. Poco
antes de iniciarse la primavera de 1916 confiesa por carta sus "fatigas
amorosas" a su gran amigo, en estos momentos, el músico Manuel de
Falla. El cruce de cartas entre ambos en el mes de marzo es absolutamente revelador.
Pero previamente se había sincerado con otros, como por ejemplo, con
Juan Ramón Jiménez y con
Turina.
La ruptura definitiva entre María y Gregorio se produjo cuando Catalina
tuvo una hija y pasó a vivir a la casa de la amante